Perdiendo el Norte
Qué difícil se ven las cosas desde este lado de la colina, cuando la cima aún queda lejos, tan lejos, que parece que nunca vayamos a alcanzarla.
Nunca voy a entender al ser humano, ni siquiera creo que pueda llegar a entenderme a mi misma.
Cuando tecleo, las palabras fluyen, todo lo que no soy capaz de explicar verbalmente.
Una mezcla de tristeza, frustración e ira, invaden mi ser.
Aquel día creí haber tocado fondo.
Ya no sé si, porque aquellas personas en quien confiaba me dieran la espalda, por sentirme traicionada, o por haberme defraudado a mi misma; supongo que fue una mezcla de todo.
Ese día perdí la dignidad.
Duele ver como todo tu mundo se desmorona.
Una rabia incontenida se apoderó de mi, mis palpitaciones iban a un ritmo incontrolable.
Luchando por disimular mis temblores, lo estaba pasando mal, muy mal.
Me sentía como la Reina malvada de la Bella durmiente, acudiendo a un evento donde no había sido invitada, donde nadie la quería allí.
Armada de valor, me coloqué en primera fila, dispuesta a juzgar.
¿Qué estaba juzgando? ¿Qué pretendía? Si yo hubiera sabido la respuesta, seguramente no hubiera acudido.
Tampoco pude aguantar mucho tiempo, cuando sentí que ya no podía más, me di media vuelta y, sintiendo las miradas condescendientes de los que allí se hallaban, me marché de aquel horrible lugar.
Fue la peor noche en años, me daban taquicardias y, con la respiración entrecortada, el dormir era un deseo imposible de cumplir.
Me estaba castigando a mi misma, estaba dejando salir lo peor de mi.
¿Qué te sucede? Tu no eres así! -mi cabeza, no dejaba de repetir.
Fue como un viaje en el tiempo; todo lo vivido, todo lo aprendido, parecía no haber existido, en cuanto puse un pie en la tierra prometida.
Y ahora, a altas horas de la madrugada, escuchando el sonido de la derrota, sigo sin poder dormir.
Nunca me ha gustado perder, aunque si soy sincera, tampoco estoy acostumbrada a ganar.
Nunca voy a entender al ser humano, ni siquiera creo que pueda llegar a entenderme a mi misma.
Cuando tecleo, las palabras fluyen, todo lo que no soy capaz de explicar verbalmente.
Una mezcla de tristeza, frustración e ira, invaden mi ser.
Aquel día creí haber tocado fondo.
Ya no sé si, porque aquellas personas en quien confiaba me dieran la espalda, por sentirme traicionada, o por haberme defraudado a mi misma; supongo que fue una mezcla de todo.
Ese día perdí la dignidad.
Duele ver como todo tu mundo se desmorona.
Una rabia incontenida se apoderó de mi, mis palpitaciones iban a un ritmo incontrolable.
Luchando por disimular mis temblores, lo estaba pasando mal, muy mal.
Me sentía como la Reina malvada de la Bella durmiente, acudiendo a un evento donde no había sido invitada, donde nadie la quería allí.
Armada de valor, me coloqué en primera fila, dispuesta a juzgar.
¿Qué estaba juzgando? ¿Qué pretendía? Si yo hubiera sabido la respuesta, seguramente no hubiera acudido.
Tampoco pude aguantar mucho tiempo, cuando sentí que ya no podía más, me di media vuelta y, sintiendo las miradas condescendientes de los que allí se hallaban, me marché de aquel horrible lugar.
Fue la peor noche en años, me daban taquicardias y, con la respiración entrecortada, el dormir era un deseo imposible de cumplir.
Me estaba castigando a mi misma, estaba dejando salir lo peor de mi.
¿Qué te sucede? Tu no eres así! -mi cabeza, no dejaba de repetir.
Fue como un viaje en el tiempo; todo lo vivido, todo lo aprendido, parecía no haber existido, en cuanto puse un pie en la tierra prometida.
Y ahora, a altas horas de la madrugada, escuchando el sonido de la derrota, sigo sin poder dormir.
Nunca me ha gustado perder, aunque si soy sincera, tampoco estoy acostumbrada a ganar.
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