El Peón del Rey
Cuentan que, hace muchos años, en un reino muy muy lejano, llamado Bellever, había un Rey bonachón, aunque con fama de ser algo cascarrabias.
El Rey era muy justo, honrado y, trabajador, aunque pecara de confiado, y le gustara mucho hablar.
Su aldea, era de las más felices del mundo entero.
El reino vecino, capitaneado por su Rey, Auruto, había intentado apoderarse de sus tierras en varias ocasiones, pero ya hacía más de tres años que nadie se acercaba por allí.
Auruto era malvado y ambicioso, deseaba con todas sus fuerzas poseer todas las tierras.
Su brillante calva, le hacía parecer todavía más malvado.
Gracias a que el reino de Bellever, disponía del mejor ejército de la comarca, Auruto nunca pudo hacerse con él.
El ejército, constaba de tan solo seis guardias, pero todos ellos muy fornidos y altos.
Todos los reinos, les temían demasiado como para enfrentarse a ellos.
El Rey de Bellever, a pesar de poseer el poder sobre todo aquel habitante del reino, tenía cinco personas muy, muy cercanas.
El Arlequín, un tipo fortachón, encargado de hacerle reír, no se metía en problemas y apenas hablaba.
El músico, un chico joven, bastante reservado, se limitaba a tocar cuatro canciones con su vieja guitarra.
La bailarina, una chiquilla dicharachera e inmadura, que, a veces, hablaba más de la cuenta.
Y por último, el peón, el peón del Rey, su ojito derecho.
El peón, había sido su última adquisición.
Un día, el Rey estaba de caza por el bosque, cuando se encontró a un hombre joven reposando debajo de un limonero, con sus ropas raídas y su pelo enmarañado.
-Buen señor, ¿qué hace usted reposando sobre la hierba? ¿No tiene ningún hogar al que acudir? ¿de dónde viene?
-Soy un viajante de la vida, su majestad, nómada de profesión, no tengo dónde establecerme.
Nuestro Rey, sintió cierta simpatía hacia él, y, le ofreció alojamiento en el castillo.
Pese a las indicaciones de la Reina, y de algunos de sus comensales, de que no se fiara de aquel hombre, puesto que no le conocía de nada, tal fue su empatía con él, que, a la semana le nombró su 1º ayudante, seguido de los que ya conocemos.
Los cinco formaron un equipo, donde, gobernaban el reino.
El reino, que hasta la fecha, había sido un lugar plácido y feliz, empezó a verse cubierto por tinieblas.
Todos los jueves, el Rey tenía la costumbre de pasearse por la aldea, para ver como estaban viviendo sus familias, no quería que les faltase de nada.
Se decía, que su reino, era de los mejores del mundo entero, sus habitantes adoraban a su Rey, y nunca jamás, nadie había pasado hambre ni penuria en Bellever.
Ocupado, instruyendo a su nuevo peón, e incitado por éste, el Rey se fue desentendiendo de su reino, hacía más de un mes que no paseaba por sus calles.
Un día, el trovador fue a visitarle.
-Buen trovador! hacía tiempo que no pasaba por aquí! ¿que nuevas me traéis?
-Mi Rey, lo que está ocurriendo es desastroso! Un bandido anda suelto! aparece cada noche en la aldea, roba a sus familias, les atemoriza, y destruye sus casas!
-No puede ser posible! ¿un bandido, dice? ¿y, cómo no me han dicho nada?
-Si, mi Rey, un bandido, no sabemos quién es, puesto que va encapuchado. Muchos intentaron ponerse en contacto con su majestad, pero el bandido los tenía bajo amenaza.
Anoche me escapé sin que nadie me viera, la situación es insostenible. Si usted pudiera venir a la aldea..
Aquella tarde, nuestro Rey, acompañado de sus secuaces, vio la imagen más desoladora que nunca hubiera podido imaginar.
Ya no había mercado, ni puestos de frutas, ni granjas. Todos sus habitantes se quedaban encerrados en sus casas, por miedo de que el bandido les atacara.
-Pero bueno, ¿dónde está todo el mundo?
-No salen, mi Rey, tienen miedo.
-¿Y, de dónde sacan alimento?
-No comen, su majestad, están demasiado atemorizados, y, como usted ya no viene por aquí, no tienen quién les saque de ésta penuria.
Ya de vuelta, el Rey, mantuvo una conversación con su peón.
-Estoy muy preocupado por la situación que se está viviendo en la Aldea, he estado pensando mucho y no se me ocurre qué hacer.
-Yo tengo una idea.
-¿Qué propones, peón?
-Vamos a llamar a los guardias, que vigilen cada noche, que la gente vuelva a abrir sus mercados, hay que poner todo en orden!
-Pero si trasladamos a los guardias a la Aldea, ¿quién vigilará el castillo? ¿qué pasa si Auruto vuelve?
-Hace más de tres años que ese malvado no aparece por aquí, sería muy justo que lo hiciera ahora.
Bajo las indicaciones de su peón, el Rey, se limitó a asentir.
Más tarde, se lo comentó todo a la Reina, quién no daba crédito a sus palabras.
-Pero mi Rey, sólo contamos con seis guardias, si los mandas a todos hacia la Aldea, ¿quién va a velar por el castillo? ¿Qué pasaría si forasteros vinieran a invadirnos? ¿qué pasa si Auruto vuelve?
-Eso no va a pasar. Hace mucho que Auruto no aparece por aquí, sería muy justo que lo hiciera ahora. Mi peón dice, que no debemos preocuparnos, es un hombre inteligente, y, debemos de hacerle caso.
-Tu peón dice tu peón dice, ¿y no te parece que puede ser una trampa? Hace tan solo dos meses que conocéis a ese maldito peón.
-Pero es un buen hombre, ya lo sabes, tengo buen ojo para seleccionar a mis ayudantes. Ahora descansa, mañana verás las cosas de diferente manera.
No muy contenta con ello, y todavía con su preocupación, aquella noche la Reina no durmió lo que hubiera esperado.
A la mañana siguiente, se puso en marcha en plan del peón.
Todos los guardias fueron convocados y destinados hacia la Aldea.
A partir de ahora velarían día y noche por el bienestar del pueblo.
Hasta que todo volviera a la normalidad, y, aquel bandido no volviera nunca jamás.
Todo marchaba según lo planeado; ya hacía dos semanas que el bandido no había vuelto por aquellas tierras, la gente salía de sus casas, el mercado funcionaba como siempre, todo volvía a su cauce.
Era martes, el Rey estaba reunido con sus cuatro secuaces, a punto de tomar su cena.
El músico interpretaba una divertida canción con su guitarra, el arlequín y la bailarina bailaban a su ritmo, y el peón, andaba en la cocina sirviendo las copas de vino para todos, seguido por la cocinera, quién cargaba con una bandeja repleta de carne asada.
-La cena está servida- dijo éste, señalando a sus amigos, que ya podían pasar al comedor principal.
Todos empezaron a cenar, y entablaron conversación.
-Hay que celebrar que todo vuelve a la normalidad! -apuntó la bailarina.
-Un hurra por nuestro Rey! -inquirió el arlequín.
Todo era jolgorio y entusiasmo; apenas antes de llegar a los postres, todos empezaban a encontrarse muy cansados.
La bailarina fue la primera en retirarse.
-Si no le importa mi Rey, me encuentro demasiado cansada como para acompañarles con el postre.
El Rey asintió, y la muchacha se retiró a sus aposentos.
De la boca del arlequín, salió un bostezo, y otro, y otro.
Debió ser contagioso puesto que le siguieron el músico, y, el Rey.
-Pero bueno, ¿qué lleva este vino? -bromeó su majestad.
-Creo que todos estáis muy cansados hoy, será hora de coger el sueño,- les indicó el peón,- no os preocupéis, yo me quedaré velando por nuestra seguridad.
Así, todos se despidieron hasta la mañana siguiente, y, se retiraron a sus aposentos.
Con la ausencia de su ejército, la Reina, no había dormido tranquila una sola noche desde entonces.
-Mi Rey, tengo un mal presagio, tengo miedo que el reino vecino nos invada.
-No sufras mujer, todo está en calma, mi peón está velando por nuestra seguridad.
-Ese es el problema, nunca me he fiado de ese muchacho.
La conversación tocó fin, con los ronquidos de su majestad.
En medio de la noche, la Reina se despertó exaltada.
-¿Qué ha sido eso?- miró por la ventana, y atónita, no daba crédito a lo que veía.
Un ejército, formado por más de doce guardias, irrumpía en el castillo, prendiendo fuego a su paso.
La Reina, intentó despertar al Rey, sin éxito alguno.
Los gritos y el caos hacían eco por todo el castillo, pero ni eso, logró despertar a nuestro Rey.
La puerta del dormitorio real se abrió, y apareció el peón, cubierto por cinco guardias a sus espaldas.
-¿Esto es todo obra tuya, verdad peón?
-Ja ja ja ! os dije que este día llegaría, no puede un Rey tan bobalicón gobernar sobre ninguna parte, a partir de ahora mando yo y os destierro a todos los que aquí habitáis.
-No puedes hacer eso! eres un simple peón!
El peón pasó la mano por su pelo, y aquel cabello enmarañado cayó al suelo, luciendo una brillante calva.
-Auruto! -exclamó la Reina.
-El mismo, deberíais haberos visto la cara! ja ja ja, tres años de espera por fin han valido la pena! Ahora el reino de Bellever es mio! Ja ja ja! Guardias! capturarlos y llevároslos muy muy lejos de aquí, donde nunca pueda encontrarlos!
-Auruto nunca te saldrás con la tuya! mi ejército volverá y entonces os arrepentiréis!
-Su ejército majestad, se debe hallar en paradero desconocido, bien me consta que anoche hubo una gran fiesta donde se repartió mucho vino, el mismo vino que tomo su Rey.
Y así es, como Auruto, consiguió hacerse con el reino de Bellever, y desterrar a todos los que allí se hallaban.
Si su majestad, hubiera escuchado un poquito más a su Reina, probablemente las cosas hubieran sido diferentes, pero, quién soy yo para juzgar, si solo soy, un simple trovador.
El Rey era muy justo, honrado y, trabajador, aunque pecara de confiado, y le gustara mucho hablar.
Su aldea, era de las más felices del mundo entero.
El reino vecino, capitaneado por su Rey, Auruto, había intentado apoderarse de sus tierras en varias ocasiones, pero ya hacía más de tres años que nadie se acercaba por allí.
Auruto era malvado y ambicioso, deseaba con todas sus fuerzas poseer todas las tierras.
Su brillante calva, le hacía parecer todavía más malvado.
Gracias a que el reino de Bellever, disponía del mejor ejército de la comarca, Auruto nunca pudo hacerse con él.
El ejército, constaba de tan solo seis guardias, pero todos ellos muy fornidos y altos.
Todos los reinos, les temían demasiado como para enfrentarse a ellos.
El Rey de Bellever, a pesar de poseer el poder sobre todo aquel habitante del reino, tenía cinco personas muy, muy cercanas.
El Arlequín, un tipo fortachón, encargado de hacerle reír, no se metía en problemas y apenas hablaba.
El músico, un chico joven, bastante reservado, se limitaba a tocar cuatro canciones con su vieja guitarra.
La bailarina, una chiquilla dicharachera e inmadura, que, a veces, hablaba más de la cuenta.
Y por último, el peón, el peón del Rey, su ojito derecho.
El peón, había sido su última adquisición.
Un día, el Rey estaba de caza por el bosque, cuando se encontró a un hombre joven reposando debajo de un limonero, con sus ropas raídas y su pelo enmarañado.
-Buen señor, ¿qué hace usted reposando sobre la hierba? ¿No tiene ningún hogar al que acudir? ¿de dónde viene?
-Soy un viajante de la vida, su majestad, nómada de profesión, no tengo dónde establecerme.
Nuestro Rey, sintió cierta simpatía hacia él, y, le ofreció alojamiento en el castillo.
Pese a las indicaciones de la Reina, y de algunos de sus comensales, de que no se fiara de aquel hombre, puesto que no le conocía de nada, tal fue su empatía con él, que, a la semana le nombró su 1º ayudante, seguido de los que ya conocemos.
Los cinco formaron un equipo, donde, gobernaban el reino.
El reino, que hasta la fecha, había sido un lugar plácido y feliz, empezó a verse cubierto por tinieblas.
Todos los jueves, el Rey tenía la costumbre de pasearse por la aldea, para ver como estaban viviendo sus familias, no quería que les faltase de nada.
Se decía, que su reino, era de los mejores del mundo entero, sus habitantes adoraban a su Rey, y nunca jamás, nadie había pasado hambre ni penuria en Bellever.
Ocupado, instruyendo a su nuevo peón, e incitado por éste, el Rey se fue desentendiendo de su reino, hacía más de un mes que no paseaba por sus calles.
Un día, el trovador fue a visitarle.
-Buen trovador! hacía tiempo que no pasaba por aquí! ¿que nuevas me traéis?
-Mi Rey, lo que está ocurriendo es desastroso! Un bandido anda suelto! aparece cada noche en la aldea, roba a sus familias, les atemoriza, y destruye sus casas!
-No puede ser posible! ¿un bandido, dice? ¿y, cómo no me han dicho nada?
-Si, mi Rey, un bandido, no sabemos quién es, puesto que va encapuchado. Muchos intentaron ponerse en contacto con su majestad, pero el bandido los tenía bajo amenaza.
Anoche me escapé sin que nadie me viera, la situación es insostenible. Si usted pudiera venir a la aldea..
Aquella tarde, nuestro Rey, acompañado de sus secuaces, vio la imagen más desoladora que nunca hubiera podido imaginar.
Ya no había mercado, ni puestos de frutas, ni granjas. Todos sus habitantes se quedaban encerrados en sus casas, por miedo de que el bandido les atacara.
-Pero bueno, ¿dónde está todo el mundo?
-No salen, mi Rey, tienen miedo.
-¿Y, de dónde sacan alimento?
-No comen, su majestad, están demasiado atemorizados, y, como usted ya no viene por aquí, no tienen quién les saque de ésta penuria.
Ya de vuelta, el Rey, mantuvo una conversación con su peón.
-Estoy muy preocupado por la situación que se está viviendo en la Aldea, he estado pensando mucho y no se me ocurre qué hacer.
-Yo tengo una idea.
-¿Qué propones, peón?
-Vamos a llamar a los guardias, que vigilen cada noche, que la gente vuelva a abrir sus mercados, hay que poner todo en orden!
-Pero si trasladamos a los guardias a la Aldea, ¿quién vigilará el castillo? ¿qué pasa si Auruto vuelve?
-Hace más de tres años que ese malvado no aparece por aquí, sería muy justo que lo hiciera ahora.
Bajo las indicaciones de su peón, el Rey, se limitó a asentir.
Más tarde, se lo comentó todo a la Reina, quién no daba crédito a sus palabras.
-Pero mi Rey, sólo contamos con seis guardias, si los mandas a todos hacia la Aldea, ¿quién va a velar por el castillo? ¿Qué pasaría si forasteros vinieran a invadirnos? ¿qué pasa si Auruto vuelve?
-Eso no va a pasar. Hace mucho que Auruto no aparece por aquí, sería muy justo que lo hiciera ahora. Mi peón dice, que no debemos preocuparnos, es un hombre inteligente, y, debemos de hacerle caso.
-Tu peón dice tu peón dice, ¿y no te parece que puede ser una trampa? Hace tan solo dos meses que conocéis a ese maldito peón.
-Pero es un buen hombre, ya lo sabes, tengo buen ojo para seleccionar a mis ayudantes. Ahora descansa, mañana verás las cosas de diferente manera.
No muy contenta con ello, y todavía con su preocupación, aquella noche la Reina no durmió lo que hubiera esperado.
A la mañana siguiente, se puso en marcha en plan del peón.
Todos los guardias fueron convocados y destinados hacia la Aldea.
A partir de ahora velarían día y noche por el bienestar del pueblo.
Hasta que todo volviera a la normalidad, y, aquel bandido no volviera nunca jamás.
Todo marchaba según lo planeado; ya hacía dos semanas que el bandido no había vuelto por aquellas tierras, la gente salía de sus casas, el mercado funcionaba como siempre, todo volvía a su cauce.
Era martes, el Rey estaba reunido con sus cuatro secuaces, a punto de tomar su cena.
El músico interpretaba una divertida canción con su guitarra, el arlequín y la bailarina bailaban a su ritmo, y el peón, andaba en la cocina sirviendo las copas de vino para todos, seguido por la cocinera, quién cargaba con una bandeja repleta de carne asada.
-La cena está servida- dijo éste, señalando a sus amigos, que ya podían pasar al comedor principal.
Todos empezaron a cenar, y entablaron conversación.
-Hay que celebrar que todo vuelve a la normalidad! -apuntó la bailarina.
-Un hurra por nuestro Rey! -inquirió el arlequín.
Todo era jolgorio y entusiasmo; apenas antes de llegar a los postres, todos empezaban a encontrarse muy cansados.
La bailarina fue la primera en retirarse.
-Si no le importa mi Rey, me encuentro demasiado cansada como para acompañarles con el postre.
El Rey asintió, y la muchacha se retiró a sus aposentos.
De la boca del arlequín, salió un bostezo, y otro, y otro.
Debió ser contagioso puesto que le siguieron el músico, y, el Rey.
-Pero bueno, ¿qué lleva este vino? -bromeó su majestad.
-Creo que todos estáis muy cansados hoy, será hora de coger el sueño,- les indicó el peón,- no os preocupéis, yo me quedaré velando por nuestra seguridad.
Así, todos se despidieron hasta la mañana siguiente, y, se retiraron a sus aposentos.
Con la ausencia de su ejército, la Reina, no había dormido tranquila una sola noche desde entonces.
-Mi Rey, tengo un mal presagio, tengo miedo que el reino vecino nos invada.
-No sufras mujer, todo está en calma, mi peón está velando por nuestra seguridad.
-Ese es el problema, nunca me he fiado de ese muchacho.
La conversación tocó fin, con los ronquidos de su majestad.
En medio de la noche, la Reina se despertó exaltada.
-¿Qué ha sido eso?- miró por la ventana, y atónita, no daba crédito a lo que veía.
Un ejército, formado por más de doce guardias, irrumpía en el castillo, prendiendo fuego a su paso.
La Reina, intentó despertar al Rey, sin éxito alguno.
Los gritos y el caos hacían eco por todo el castillo, pero ni eso, logró despertar a nuestro Rey.
La puerta del dormitorio real se abrió, y apareció el peón, cubierto por cinco guardias a sus espaldas.
-¿Esto es todo obra tuya, verdad peón?
-Ja ja ja ! os dije que este día llegaría, no puede un Rey tan bobalicón gobernar sobre ninguna parte, a partir de ahora mando yo y os destierro a todos los que aquí habitáis.
-No puedes hacer eso! eres un simple peón!
El peón pasó la mano por su pelo, y aquel cabello enmarañado cayó al suelo, luciendo una brillante calva.
-Auruto! -exclamó la Reina.
-El mismo, deberíais haberos visto la cara! ja ja ja, tres años de espera por fin han valido la pena! Ahora el reino de Bellever es mio! Ja ja ja! Guardias! capturarlos y llevároslos muy muy lejos de aquí, donde nunca pueda encontrarlos!
-Auruto nunca te saldrás con la tuya! mi ejército volverá y entonces os arrepentiréis!
-Su ejército majestad, se debe hallar en paradero desconocido, bien me consta que anoche hubo una gran fiesta donde se repartió mucho vino, el mismo vino que tomo su Rey.
Y así es, como Auruto, consiguió hacerse con el reino de Bellever, y desterrar a todos los que allí se hallaban.
Si su majestad, hubiera escuchado un poquito más a su Reina, probablemente las cosas hubieran sido diferentes, pero, quién soy yo para juzgar, si solo soy, un simple trovador.
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