Sofía


Me atormenta cada día no poder compartir con nadie esta sensación que me invade, una mezcla de sentimientos agridulces.

Siento un vacío dentro de mí, y una incertidumbre voraz.

Libertad de movimiento, ese era el título de su discurso final.

Él era un hombre, o al menos de cara a la sociedad, seguro de sí mismo. Muchos dirían que inteligente.

Con sus bromas y ese falso encanto pretendía conquistar a la humanidad.

Solo unos pocos lo conocíamos de verdad.



11 de mayo de 2018



En una cafetería perdida por un rincón de Granada, en la mesa de la esquina, tecleando insaciablemente las teclas de su portátil, se encontraba una chica de unos veinte años.

Debajo de sus gafas de pasta, se podía intuir un rostro bastante atractivo, tenía el cabello largo de color castaño claro y ligeramente ondulado. Vestía unos jeans, camiseta blanca y calzaba unas deportivas.

-          ¡No, no y no!! ¡Mierda!! -sollozó en un intento desesperado de evitar que su ordenador muriera tras haber derramado el café sobre él.

El levantó la vista de su periódico.

-          Ponlo boca abajo y retira la batería.

Ella se limitó a seguir sus instrucciones.

-          Sigue sin encender, ¡a la mierda el TFC!, ¿podría tener más mala suerte?

Él se acercó a ella y la invitó a otro café. Luego salieron juntos de la cafetería y nadie más sabe que pasó… bueno, excepto yo.



15 de noviembre 2018, 17 h.



-…. Y así es como los ciudadanos de Granada podemos librarnos de la delincuencia, ¡no duden en acompañarnos! ¡el futuro está en sus manos!

Sacó el teléfono de su bolsillo. Diez llamadas perdidas y cuatro mensajes de WhatsApp.



-          Voy a contarlo todo, estás acabado.

-          ¿Encima te permites el lujo de no contestarme?

-          ¿Qué pensará tu mujer cuando lo sepa?

-          Maldito cabrón, voy a joderte las elecciones.



Habían pasado cinco horas desde el último mensaje, cuando se apresuró a responder.

-          Por favor tranquilízate, nos vemos a las 21 h. Donde siempre.



15 de noviembre de 2018, 21h.



Sofía no pensó que el fuese a aparecer, al final sucedería lo de siempre.

El chico guapo la seduce, luego desaparece y nunca más se supo de él.

Solo que esta vez la habían dejado embarazada.

Pero pronto vio a Ernesto aparecer por la cuesta del Paseo de los Tristes.

Ella no pudo evitar articular una pequeña sonrisa, pese a todo, estaba enamorada.

Lo único que quería es que él dejase a su mujer y se fuera con ella y su bebé.       

Él se acercó.

Le dio un beso profundo y la abrazó. Ella se dejó caer.

Sus lágrimas se mezclaron con su sangre.



Me llamo Sofía.

Cada noche recuerdo el olor de su perfume, el tacto sedoso de su cabello y sus manos sobre mi espalda.

Sé que nunca más volveré a verle ni a sentir sus besos. Ya no estoy hecha para eso.

Porque, ¿Qué puede sentir alguien sin alma?

Únicamente el peso de su muerte.












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