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Y yo creyendo que tú eras inmortal, ciertamente lo creía.
La rutina de encontrarte siempre ahí, callada, riendo o llorando, se había convertido en una costumbre.
Hacía años, muchos, que no podía encontrarte. No eras tú, tu llama se iba apagando lentamente y todos nos acostumbramos a ello, al menos yo lo hice. A mirarte sin verte.
Pero ese día llegó, y al final te fuiste. 
No eras inmortal abuela, creíamos que sí, pero no.
Tal y como tú eras, con ese carácter y esa personalidad, ni siquiera podías elegir un día cualquiera para marcharte, tuvo que ser un treinta y uno de diciembre. 
El único día en el que no se entierra a nadie es el uno de enero, así que no te enterraron hasta el dos. Diste guerra hasta para eso.
Yo me había vuelto a la ciudad donde vivo ahora, tres días antes. 
Al menos pude despedirme de ti, aunque con la certeza de que te iba a volver a ver. 
Ahora no lo asimilo. De verdad que me cuesta.
Va a ser muy extraño cuando ya no nos reunamos en casa de la abuela, o sencillamente verte ahí sentada.
Sabemos que ahora estás en un sitio mejor, también sabemos que te aferrabas a la vida como a un clavo ardiente. Tus genes de maña y testaruda.
Siempre fuiste muy talentosa, todo lo que hacías lo hacías bien. Incluso las patatas fritas pochas estaban deliciosas.
Nunca olvidaré el sabor de tus canelones de espinacas, tu sopa de caracol que llevaba cebolla, por mucho que siempre me lo negases, el pastel de zanahoria con caramelo que nunca nadie ha vuelto a hacer –ni siquiera yo que lo intenté-, los bocadillos de sobrasada con queso y pan tostado a media mañana.... y mil recetas más que no voy a nombrar porque me está dando hambre.
Las paredes de las casas de tus seis hijos, están llenas de cuadros pintados por ti.
Al óleo, y con tan buen gusto como el que tú tenías.
Siempre impecable. Tú misma te confeccionabas la ropa de joven, y seguiste haciéndolo para tus hijos y tus nietos.
Qué talentosa abuela.
Hasta la música se te daba bien.
Ya entrada en años te uniste a un grupo de habaneras del pueblo, muchas veces iba a verte, me aburría porque no me gustaba ese tipo de música, pero ¡qué artista abuela!
Recuerdo cualquier noche de cualquier fin de semana cuando mis padres me dejaban en tu casa porque ellos querían salir a alguna parte, esas noches en las que me hacías pan con tomate y tortilla
y veíamos farmacia de guardia. Tú, yo, los perros y el gato. Yo me aburría y quería salir por ahí con mi tía, que se iba de farra, pero yo sólo tenía seis o siete años.
Nunca olvidaré los veranos en que esperaba ansiosa a que pasaras a buscarme para irnos a la playa, después de haberte telefoneado por lo menos dos veces para ver si venías ya o qué.
Las paellas de los domingos en tu casa con toda la familia. No me gustaba mucho la paella por aquella época, pero ahora me sabría a gloria.
Cualquier celebración en tu casa con toda la familia, era para mí el día más divertido de mi vida. Aunque dijese que me aburría -es mi mantra, vale.
Nunca he querido crecer, y cuando veía que se iba acercando el momento de llegar a la madurez, me iba deprimiendo.
Por ejemplo, cuando descubrí -o mi madre me dijo- que los Reyes … ya sabéis, automáticamente pensé que se había esfumado la magia de la navidad. No me equivocaba.
También al abandonar aquella casa que había sido tu hogar y parte del nuestro durante tanto tiempo, sentía que la vida iba cambiando.
Tengo un algo con esa casa, era especial y nunca la olvidaré. 
Su jardín, el balancín, la escalera de caracol de madera, la chimenea que nunca se usó -tú la aprovechabas para poner el belén- el piano que yo me empeñaba en aporrear, incluso el garaje que me parecía el lugar más siniestro de la casa... estaba convencida de que allí debía de haber un escondite secreto por alguna parte, un tesoro, yo qué sé.... pero nunca lo encontré, aun así, cada uno de sus rincones era magia.
No todo eran bendiciones, también recuerdo lo autoritaria que eras.
Eras una mujer dura, con genio y presumida.
Te enfadabas cuando te cogía tus pinturas, ese pintalabios color fucsia –muy ochentero- y esa raya del ojo en azul vivo.
Hasta el último de tus días seguiste utilizando delineador de ojos en azul, era tu sello. Eso y tus uñas pintadas de rojo.
También te cogía la ropa, y te enfadabas.
No era tu culpa, tampoco se puede decir que yo fuese una nieta ejemplar, no como tus otras nietas, más calladas y educadas.
Pero en el fondo sé que me tenías un cariño especial.
Me cocinabas a parte porque si no, no me iba a comer ese potaje de garbanzos ni esas lentejas espesas y con tropezones. 
Mi prima se quejaba, pero tú seguías haciéndolo.
Y hablando de mi prima, ¿qué hay de la maldición?
Esa que te debió echar alguna gitana, ¿no te acuerdas? Te lo recuero:
“Maldigo a tus dos nietas mayores a quedarse solteras para el resto de sus vidas”
Por eso cada vez que nos veías -y lo mantuviste siempre, en tus cabales o no- nos preguntabas por el novio –ese que nunca existió- y nos mirabas con cara de desaprobación citando:” Ay, nunca os casaréis” mientras negabas con la cabeza.
Pues así estamos....
Tú tampoco tuviste mucha suerte en el amor, se ve que todo se hereda.
Solo conociste a un hombre en tu vida, el abuelo, y te acabaste separando de él.
El amor no abunda en nuestra familia, no a nivel conyugal al menos.
Pero tu fuiste fuerte e independiente, no necesitabas a ningún hombre para llenar ningún vacío, siempre tenías cosas que hacer.
Recuerdo que dormía contigo cuando mis padres me dejaban en tu casa, -me obligabas a rezar por las noches- y al despertarme tú ya no estabas en la cama. Te gustaba madrugar, arreglar las plantas del jardín, salir a comprar fruta fresca y empezar a preparar la comida. Siempre activa abuela.
Cuántas de esas cosas tuyas veo en mí ahora, cosas de las que no me daba cuenta.
Me hubiese gustado tener contigo una conversación coherente, yo con mi edad de ahora y tú con la de hace treinta años. 
Ese es el principio básico de la vida, unos nacen y otros mueren. Las vidas se cruzan, unos en una época y otros en otras, difícil de coincidir en tiempo y espacio.
Si te soy sincera, he olvidado muchos recuerdos, y los que he detallado anteriormente probablemente estén distorsionando la realidad. Lo siento abuela, era muy pequeña y no puedo recordarlo todo con exactitud.
Creo que te perdimos hace unos seis años, cuando ya llevabas unos cuantos con el alzhéimer detectado.
A partir de ahí tu llama se fue apagando, seguías siendo tú, claro está, pero ya no podía ver a mi abuela, la abuela con la que había crecido.
Yo no entiendo de medicina, de alzhéimer o de cualquier cosa técnica en cuanto a la salud se refiera, pero estoy convencida de que tú te dabas cuenta de todo.
Simplemente no podías expresarte con claridad porque no disponías de las herramientas adecuadas.
Los últimos años fueron duros para ti, ya ni podías moverte y mucho menos comunicarte.
Perdiste a tu hermano pequeño hace muchos años y a tu hermana la mediana hace unos tres, tú eras la mayor y los viste marcharse a todos.
Qué duro tiene que ser eso abuela, ver perecer a cuantos te acompañaron en vida.
Te acordabas mucho de tus padres y de tu infancia, te gustaba mirar tu álbum de fotos.
Para mí, no hay tristeza más absoluta que la del paso del tiempo y ver como las personas van dejando la vida atrás. Personas llenas de historias y de recuerdos.
La muerte no es el final, es solo un camino que todos recorremos.

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